viernes, 8 de febrero de 2013


Revelar la mirada.
Evgen Bavčar,  el fotógrafo ciego.
Por Iván Alzate.

"Pertenezco a una generación desgraciada, resultado de la Segunda Guerra Mundial, que ha perdido casi todos los ideales. En Eslovenia conocí el comunismo, fuimos obligados a creer en esos ideales porque no había otra cosa. En parís aprendí a reflexionar más dentro de mí mismo, conocí la fotografía y su mística: ver las cosas con los ojos cerrados. He aprendido a conocer los paisajes a través de los poetas. El Progreso, curiosamente, me quitó la vista y me dio en cambio, la cámara fotográfica."
 Evgen Bavcar. [1]
Hemos aprendido a reconocer la autoridad, son variados los elementos por los cuales la reconocemos fácilmente, en primera instancia, para occidente la familia será la encargada de atribuirle a la figura paterna el carácter de "autoridad", el padre es el encargado de velar por la estabilidad y bienestar del hogar.
La pregunta que sugiere la anterior afirmación no será otra diferente a: ¿porqué es en la figura masculina en quien recae dicha autoridad?, de igual forma, la respuesta evidente será: por qué es un reflejo de la cultura que la constituyo (construyo la familia).
Si pensamos en el poder como ejercicio, ¿la autoridad de qué depende en el caso de la academia?, la ciencia se autoproclama objetiva y sin ideología (por tal universal), pero ¿es cierta dicha afirmación?
Pensar en las anteriores preguntas sugiere una disyuntiva no tan compleja, será fácil rastrear la trayectoria de cualquier autor y sus batallas con sus pares académicos (extrañamente hombres en la mayoría de los casos), esto nos dará cuenta de su "autoridad".
Más allá de lo anecdótico de la historia de Evgen Bavčar, varios elementos distorsionan la comprensión de su ejercicio, ¿cómo un ciego puede ser fotógrafo?, ¿es solo el hecho de que se trate de arte lo que posibilita su accionar?
“Para mí, cineasta y etnógrafo, no existe prácticamente ninguna frontera entre el film documental y el film de ficción. El cine, arte del doble, es ya el pasaje del mundo real al mundo de lo imaginario, y la etnografía, ciencia de los sistemas de pensamiento de los otros, es una circulación permanente de un universo  conceptual a otro, gimnasia acrobática en donde perder pie es el menor de los riesgos”
(Rouch, 1981).[2]

Como se menciono inicialmente a la cultura le atribuimos el accionar de la mayoría de nuestras operaciones, como reflejo de la misma, sí solamente es la antropología quien otorga el carácter de autoridad, ¿cuáles son los desplazamientos que ejerce el mundo del arte?, ¿cómo logra escapar a la estructura?, En Durkheim[3] (1985) la falta de reglas claras en la división del trabajo, determina una relación anómica, en el caso del arte (más evidente en el arte contemporáneo), esta falta de armonía en las funciones se convierte en la puerta de entrada de este tipo de situaciones.

Si entendemos la antropología como un campo consolidado de prácticas, instituciones y discursos, que funciona bajo ciertos postulados (reglas claras), el hecho antropológico, su objeto de estudio no proviene de la disciplina misma, parafraseando a Rouch[4] lo etnográfico deviene en el acto de hacer circular los sistemas de pensamiento entre universos conceptuales, de allí que lo que produce la antropología es antropológico, en el caso del arte este ejercicio es un actuar.

Varias razones que se daban, también nos conciernen aquí: 1) las maneras de hablar usuales no tienen equivalencias en los discursos filosóficos y no son traducibles a éstos porque hay más cosas en esas maneras que en estos discursos; 2) estas maneras constituyen un reserva de "distinciones" y de "conexiones" acumuladas por la experiencia histórica y almacenadas en el habla de todos los días; 3) en tanto que prácticas lingüísticas, manifiestan complejidades lógicas inesperadas para las formalizaciones eruditas[5]

De Certeau, hace evidente que por más especializada que sea cualquier ciencia, siempre existirá algo que escapa a las posibilidades del discurso, en el caso del arte la mirada no es solo el acto o el sentido entendido desde lo fisiológico, en el caso del fotógrafo ciego, la autoridad es conferida mediante la circulación de sus imágenes, galerías y museos adjudican y avalan la calidad del trabajo producido

El carecer de vista (física) no implica una ausencia de mirada; la mirada es entonces una construcción de la sociedad; aun cuando no vayamos a una escuela para aprender a mirar, la cultura se encarga a través de sus producciones y reproducciones encarnar algo más allá de la vista, solo es así posible que una producción netamente visual sea elaborada por un no vidente.

Se propone entonces una solución a la incógnita inicial, el arte hace, construye y no necesariamente es consciente de habitar un territorio, no hay reglas absolutas que determinen su accionar, es allí posible que incluso se mueva por territorios de disciplinas que históricamente han atribuido para sí dichos territorios, el hecho antropológico puede fácilmente nacer del accionar artístico.

Como respuesta la disciplina movilizará sus discursos a producir antropología de estos elementos; la crisis se hace evidente cuando intenta reemplazar su accionar (texto escrito) por imagen en movimiento (cine etnográfico), pues ya se ha acordado que el texto es "neutral", y es la forma más evidente de fijar el conocimiento; por su parte la imagen en movimiento escapa a la intención detener el mundo (principio del texto escrito), si bien, no es tampoco la vida misma, adquiere dimensiones mayores por exceso de información sin analizar.

Webgrafía:




[2] Grau. J. (2005). Los Límites de lo Etnográfico Son Los Límites de la Imaginación. El Legado Fílmico de Jean Rouch. Revista de Antropología Iberoamericana, No. 41, Mayo-Junio 2005, pp. 1-20.
[3] DURKHEIM, E.; La división del trabajo social; Ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1985.
[4] Grau. J. (2005). Los Límites de lo Etnográfico Son Los Límites de la Imaginación. El Legado Fílmico de Jean Rouch. Revista de Antropología Iberoamericana, No. 41, Mayo-Junio 2005, pp. 1-20.
[5] . De Certeau, Michel; La invención de lo cotidiano, UIA, México, 1996 Capítulo I. Un lugar común: el lenguaje ordinario. Una historicidad contemporánea. p 16

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